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Tributo (16 Junio del 2002)

Hoy es el día de los padres en los Estados Unidos, como lo era en Cuba, y con ese motivo visité la tumba del mío. Así lo vengo haciendo desde que encontré a mi familia por parte de padre y por ellos supe dónde estaban sus restos. Cada vez que me paro ante su tumba, invoco mi lejana memoria y traigo al consciente viejos recuerdos que siempre me unieron a él. Es una forma de oración.

Mi padre está en un nicho dentro de un Mausoleo de varios pisos y nunca resulta fácil encontrar el de Rufino A. Rodriguez, ya que siempre se nos queda en la casa el papel con el numerito. Le comenté a mi esposa que, demoras más o menos, siempre lo encontramos, a lo que ella contestó, “lo encuentras tú, que tienes ese sentido de orientación, yo aquí, si me sueltas, no sé ni salir”. En ese momento me dio por retomar eso que otras veces he pensado, de que ése, entre otros talentos básicos, son los que me han permitido mis éxitos profesionales, pero que no son fruto de ningún esfuerzo propio del que pueda sentirme orgulloso sino que, más bien, son un legado genético de mis padres.

Mi madre se graduó en la universidad y, aún sin ejercer la carrera que estudió, triunfó en un medio tan competitivo como la televisión en Cuba que fue, en su tiempo, una de las mejores del mundo. Mi padre no tuvo títulos, fue un simple empleado de oficina de una compañía americana en Cuba y su trabajo de ocho a cinco quedaba totalmente oscurecido por el glamour de los éxitos de mi madre. Es por el simplismo de esas apariencias que hasta hoy atribuía mis talentos absoluta pero injustamente a mi madre.

Hoy, además de los habituales recuerdos infantiles, hice una revalorización de mi padre, recordaba que fue hijo de un oficial de baja graduación, veterano de la guerra de independencia y de origen campesino. Nació en Los Arabos pero vivía en Guanajay, un pueblo de campo no muy lejos de La Habana cuando conoce a mi madre. Mi madre era de una familia pudiente, de la élite que vivía frente al parque, hija de un dueño de farmacia y que había sido hasta alcalde del pueblo. Mi padre, aunque lucía bien, no era ese super-buen-tipo, ni gran bailador; tampoco pertenecía a su esfera social ¿qué le vio mi madre para que fuera su único novio? No puede haber sido tan gris.

Empezó como obrero de camisa azul en la fábrica de cemento del Mariel (cerca de Guanajay), pero a la vuelta de no muchos años terminó trabajando de cuello y corbata en la presidencia de la compañía en La Habana. ¿Cuántos de los miles de obreros que trabajaron en la fábrica lograron eso? No puede haber sido tan mediocre.

Lo recuerdo cuando iba a la escuela nocturna a estudiar inglés y yo terminé estudiando una escuela americana donde aprendí no sólo a hablar inglés sino a proyectarme como un hombre del primer mundo. ¿Casualidad o visión?

Viene la Revolución cubana y una vez pasados los románticos primeros meses, tuvo la entereza de enfrentarse a la mayor parte de su familia y ponerse en contra de Fidel Castro. El evitaba hablar de política conmigo, pero recuerdo una vez que me comentó mientras me llevaba a algún lugar en el carro y pasábamos ante una valla recién puesta sobre la Victoria de Girón: “los mismos métodos de Hitler, la propaganda”. Yo me horroricé de la comparación y él no insistió más. Cuando se fue del país, mi madre, disculpándolo, decía que mi padre había sido víctima de malas influencias que lo habían apartado ella y de la Revolución. En su descargo, y sin la intención de disminuir su imagen, mi madre me dibujaba a mi padre como un hombre flojo de carácter y en extremo influenciable por su círculo de allegados. Sin embargo, aquí en Estados Unidos tuve la oportunidad de conocer a la principal de aquellas “influencias” y me dijo que mi padre era el ideólogo del aquel grupo que llegó hasta intentar irse ilegal de Cuba. No puede haber sido tan gris.

En abril de 1998, a los 20 años de su suicidio, algunos miembros de la familia le ofrecieron una misa en la capilla del mausoleo. El cura en su sermón dijo: “yo no tuve el honor de haber conocido a Armando y lo lamento, pues tiene que haber sido una persona extraordinaria para que a veinte años de su muerte y en esta comunidad tan atareada, se llene de personas esta capilla, lo que resulta raro de ver hasta en muertes recientes”.

Hoy, cuando me alejaba de su tumba, me propuse que esta vez no sería sólo una oración invocando memorias, sino que le escribiría algo para rendirle un más que merecido tributo a quién me legó no sólo esas bellas memorias de mi infancia sino, en buena medida, el talento que me permite tener el éxito profesional de que hoy disfruto.