#include main page   Blog main page

Cuentos de Mi Mamita

Sin proponérselo mi madre siempre fue un personaje. No ya por sus logros artístico-profesionales que no fueron pocos y que le hacen merecer frecuentes homenajes, sino porque es de esas personas cuyo despiste terrenal, por el aquello de mantener su mente en permanente contacto con las Musas del Olimpo, se hacen generadoras de anécdotas que después se convierten en leyendas. Aquí van algunas de ellas...

Y Nadaba entre los Tiburones...

Cuca en el Capri

Era el 1957, florecían los casinos en La Habana y estos financiaban shows de cabaret cada vez más espectaculares y glamorosos. En esa época el programa de los miércoles en la CMQ-TV que gozaba del mayor rating era "Casino de la Alegría" y allí actuaba de manera permanente el ballet de Alberto Alonso y el Coro de Cuca Rivero... ésa es mi Mamá. Una vez que el Cabaret San Souci pudo anunciar que contaba en su elenco con el coro y el ballet de Casino de la Alegría, los demás no podían quedarse atrás y así Alberto Alonso fue el coreógrafo de los más importantes shows y mi Mamá la directora de sus coros.

Uno de los que no se quedó atrás fue el Casino del Capri, en el Hotel del mismo nombre construido y financiado por la mismísima Mafia. Miembro de honor de aquella tristemente célebre organización era aquel actor de la época del cine negro de Hollywood, George Raft, el que sin previo aviso, se dejaba ver por las mesas de juego de aquel casino, envolviendo el antro con cierta atmósfera de leyenda gansteril, que lejos de ahuyentarla, atraía clientela.

El Capri estaba a dos cuadras del Edificio FOCSA donde vivía con mis padres y en más de una ocasión me llevaron a ver los ensayos de las aquellos shows que recuerdo les llamaban super-producciones. En una de esas visitas, recuerdo que hasta hablé con el que debe haber sido el gran Capo.  ¿Que motivo podía haber para que semejante personaje hablara con un niño de 11 años? pues que le hizo gracia que pudiera hablar inglés como un periquito y casi sin acento, esto, por asistir a una escuela Americana llamada el Columbus School.

Cuva, Sonoia Calero y Alberto alonso, medio siglo despuésCuando la producción arrancaba, "mi Mamita" acudía casi a diario, solita ella, no a figurar en escena, pero si a chequear que la asistencia de los cantores y la sonoridad de su coro. En cierta oportunidad, se le acercó un oscuro personaje de traje a rayas, al que llamaremos Sr. Andolini, que Mami a cada rato veía hablando con otros artistas del show y que se hacía acompañar de un adlátere con aspecto y tamaño gorilezco que no articulaba palabra. El Sr. Andolini le pregunta- ¿Ud. tiene manager? Mami le contesta - ¿Manager? no, nunca he tenido manager. Con una rutina patibularia posiblemente inspirada en algún bocadillo de Edward G. Robinson cuando hacía de Rico Bandello en "Little Ceasar", le espanta - Asiiii que no tieeeeene manager ¿eh?... pues aquí no se puede trabajar sin manager! y es más, yo mismo voy a ser ese manager que UD. necesita. A modo de punto final el gorila asintió como para que el mensaje resultara inequívoco. Me imagino la cara de asombro y desconcierto del aquel tipo cuando de aquellos 5 pies 2 pulgadas y menos de 110 libras de mi Mamita salió el - Pues no.... nunca he tenido manager ni creo que me haga falta. En ese momento, casualmente entraba por la puerta aquel Capo mayor conque yo había conversado aquella tarde cuando los ensayos. Mi Mamita le parte para arriba y rápidamente lo pone al corriente - dice el Sr. Andolini que a mi me hace falta un manager para poder trabajar aquí y yo le he dicho que a mi no me hace falta manager ninguno, ¿me equivoco? El mafioso mayor hizo una pausa para mirar bien aquella personita, tratando quizá de entender si es que se trataba de una pariente de Don Vito Genovesi, de un caso de valentía rayana en la demencia o de alguien totalmente inconsciente del medio en que se encontraba, cuando levantando la cejas le dice - Pues si... parece que a "UD." no le hace falta manager -.y con la misma le dirigió una miradita al Sr. Andolini que se había quedado unos pasos detrás y éste, sin mediar más protocolo, se alejó de allí con su gorila, mucho más rápido de lo que se le había acercado, para más nunca dejarse ver por mi Mamá. Hay gente con ese ángel especial que le permite hasta nadar entre los tiburones.

Sin querer defenderme...

Cuca y Juan José, medio siglo despuésHay padres que se niegan a reconocer que sus hijos son unos cafres y cuando maestros u otras autoridades le vienen con quejas de su comportamiento,  cometen el error pedagógico de ponerse de parte de éstos a defender lo indefendible. Mi Mamita no caía en eso, pero...

En 1961, con unos 15 años de total inmadurez, me fuí a alfabetizar con aquellas brigadas Conrado Benitez y lo hacía en un campamento al frente del cual se encontraba un matrimonio adulto. En una oportunidad que mis padres vienen a visitarme, el Jefe del campamento, Juan José Lleonart, los aborda con un rosario de quejas: deja el jarro sin fregar sobre la mesa, que pierde las boinas, deja el cubo en pozo, regadas cartillas, libretas... y así iba cuando mi Mamita, moviendo la cabeza hacia los lados, dice en voz baja – pobrecito mi hijo… IGUALITO QUE YO!  La diatriba terminó por corte.

El Zoológico de Cristal

(En versión de la protagonista, mi hermana Silvia)

Después que la CMQ se convirtió en el Instituto Cubano de Radio y Televisión o ICRT, Mami se fue convirtiendo de directora de coro,  en asesora musical, profesora “invisible” de todos los niños cubanos a través de sus clases de radio, y multitud de otras tareas que acometía con incomparable entusiasmo.  Eso la hacía llegar con frecuencia tarde a la casa y por eso solía yo, que era una niña de unos 10 -11 años,  quedarme esperando que me recogiera en casa de mis tías ya avanzada la noche.

La Profesora InvisibleCabría antes de contar esta pequeña historia, aclarar que en nuestra familia eran frecuentes las confusiones en la conversación,  alguien podía entender un disparate y en vez de detenerse a pensar si había habido algún error, no se dudaba y se incorporaba de inmediato el absurdo a la  realidad y la conversación se convertía por arte de “birlibirloque” en algo irremediablemente  incompresible que podía extenderse largamente  y muchas veces acababa hasta por satisfacernos, a cada cual a su modo, a pesar del enloquecido giro tomado por  la plática, sin sospechar siquiera que alguien se había equivocado.  Estas confusiones solía aclararlas el azar mucho tiempo después.

Volviendo a la historia,  les cuento que una de esas noches de espera en casa de mis Tías, estuve viendo un programa de TV en el espacio nombrado “Teatro ICR”, ponían ese día  una obra de teatro que le quise comentar a mi madre en cuanto llegó a recogerme. Ya dando marcha atrás en nuestro  Peugeot  del 60 para salir del garage de la casa,  comenzó el siguiente diálogo entre Mami y yo:

-Mamy, sabes que ví una obra de teatro que estuvo buenísima en la TV.

-¿Sí, mi hijita, y cómo se llamaba?

Ahí me dí cuenta que no me acordaba bien del nombre y empecé a tantear el posible título:

-Yo creo que se llamaba algo así como “El zoológico de cristal”, “El mundo de cristal”, no me acuerdo bien.

En ese instante el carro se estremeció por un posible bache o pasó por encima de algo que aparentemente le llamó la atención a ella. Pero continuó y me dijo:

-¿Una bola de cristal?

Ante la duda le digo: -Bueno, puede ser.

Ella responde enérgicamente: -¡Un pedazo de cristal!.  Le contesto: -Bueno..., quizás.

Entonces arremete con un verdadero alarido: ¡Un casco de botella!

Ya eso era más de lo que yo podía tolerar y decididamente le dije: -No Mamy, eso si que no.  Estoy segura que no es “Un casco de botella”.

-¿Cómo vas a decirme que no es un casco de botella?

-Que no es, le repliqué firmemente,  y ya sentí el sabor de una verdadera discusión que no entendía y que se extendió por un rato.  Que si un pedazo de cristal, que por qué no sería un casco de botella, insiste e insiste.

Me arrepentí mil veces de contarle de la obra de teatro y ella parece que cada vez se enfurecía más, al punto que se tiró del carro y empezó a darle vueltas mirando por debajo de él.

Nuevamente se montó, y seguimos sin hablarnos casi hasta llegar a nuestra casa.  Fue entonces cuando con una voz muy animada,  me dijo: - ¿Qué fue lo que viste en el Teatro ICR?.

Entonces yo ya fuera de quicio, le dije: Fíjate, no vamos a empezar de nuevo con lo de la bola de cristal, el pedazo, o el casco de botella, ya a mí me da lo mismo como tú quieras se llame.

Nos reímos toda la noche, cuando supe que ella pensaba que yo me refería al bache y ella tenía el temor de estar ponchada.  Y yo pensando en la insistencia  de Mamy cuando me afirmaba tan enérgicamente que la obra de Tennessee William se llamaba “Un Casco de Botella”.

Cuca... este piano no está bien

Así se quejaba Mario Romeu, miembro de la estirpe de los Romeu e increíble pianista cuyo miedo escénico le impidió ser uno de los más grandes concertistas del mundo, cuando tocaba para nuestro deleite en el piano de mi casa y su mano se deslizaba deliciosamente hacia la parte derecha del teclado. Esto se repetía cada vez que iba a la casa y se sentaba a tocar el piano, en una ocasión recuerdo que interpretando a Debussy, en un rapto de ira ante lo apagado de los sonidos agudos, detiene su ejecución, levanta la tapa del piano, mete la mano entre las cuerdas y saca lo que era ya un vetusto sobre amarillo y, aun iracundo, lo pone sobre un mueble cercano. Con la misma siguió tocando... cuando termina con Debussy, mi Madre, curiosa con aquello que Mario había sacado de su piano, lo observa con más detenimiento y exclama Ah! esto es un salario mío de... hace cuatro años... Un salario completo pudo desaparecer sin que Mami se percatara...

Ampliar

Cuca en el BillarPero más grave que el salario de un mes, resultó entonces una cuota semanal de carne que corrió una suerte similar. Era la carne lo mas preciado que se distribuía en aquel tiempo bajo la hoy casi cincuentenaria libreta de abastecimiento.  Tanto así, que era lo único que mi Mamá insistía administrar personalmente a fin de poder controlar la forma en que esta sería consumida.  Ciertamente, de Mami no preocuparse por "ampliar", ése era el término que empleaba para calificar su actividad, aquella cuota se deglutía en una sentada.  En eso de "ampliar" Mami desplegaba una gran creatividad, se trataba de aumentar el volumen total de la oferta cárnica con algún carbohidrato que en ese momento estuviera más abundante, así la carne podía ampliarse con arroz, papa, plátano, ser añadida a potajes y sopas, etc. Recuerdo aquella vez que amplió el picadillo de la semana con aguacate, imaginando que sería un pasta deliciosa que después podría untársele al pan lo que la ampliaría aun más. No tuvo en cuenta mi Mamita que el aguacate se oxida al contacto con el aire y se pone negro aun el frío. Aquella pasta infernal con la cuota semanal de carne completa en la modalidad de picadillo, hubo que botarla.

Como solía andar corta de tiempo, a veces no le alcanzaba para de inmediato acometer o siquiera emitir las disposiciones pertinentes para el mencionado proceso de ampliación y entonces escondía la carne aun en la bolsita de nylon donde Clara, la cocinera y ángel de la guarda de aquella familia, la había traído. Clara no venía todos los días, cuando lo hacía, preparaba alimentos con una perspectiva más larga. Bajo ese principio se hacían grandes cazuelas de sopa o potaje que después se congelaban en las cacharras de hacer hielo para finalmente guardarlas en bloques dentro de sobres de nylon. Era común oír a Mami decir con la mayor naturalidad-si quieren, puedo picarles un poco de sopa…

Volviendo al tema de las ampliaciones, la cuota de carne no era algo que ocupara demasiado espacio, lo que permitía ocultarla en algún rincón del congelador detrás de otras cosas que allí se solían guardar, como mencionados bloques de potaje y sopa o los huesos y añejos menudos de pollo para algún proyecto de potaje que pudiera figurar en el plan quinquenal, etc.

La Morcilla

(En verisón de mi hermana Silvia)

CUca y Esther BorjaAbundando en el tema de la cocina, para lo cual nuestra madre no vino al mundo bien dotada,  recuerdo en especial su curiosa utilización de “La morcilla”.

Como artículo casi de lujo nos tocaba en la bodega, de Pascuas a San Juan, alguna que otra morcilla, que a calcular por su pobre sabor, probablemente fueran de origen soviético, búlgaro o quien sabe si chino. El caso era que la llegada de la morcilla era motivo para mi Mamá de una seria planificación.  Con una morcilla debían hacerse una multitud de frijoles negros y colorados entre otros inventos que no logró intuir ni siquiera la potente imaginación de Nitza Villapol en su inmortal programa televisivo de Cocina al Minuto.

Mamy le amarraba un cordelito a la punta de la morcilla y cuando los frijoles estaban en plena ebullición, le dejaba caer la preciada morcilla por unos cuantos minutos.  Inmediatamente esta era pescada y retirada de la cazuela a través del cordelito, dejando a los frijoles y a los comensales en plena desolación.   Una vez atrapada la morcilla, esta se refrescaba y la volvía a congelar, para usarla repetidas veces, lanzándola a los frijoles como si fuera un paquetico de té no desechable.

A nuestra insistencia en comernos la morcilla en una única zambullida frijolera.  Ella nos afirmaba que con esos minutos era suficiente para que cogieran sabor los frijoles y que al final la ya hacenderiada morcilla podía incluso que le sirviera para rellenar alguna “princesita”, especie de minitortillita, que constituía su principal y única especialidad culinaria.

Han pasado los años y a veces me preguntan cómo aprendí a cocinar,  y  entonces suelo responder: - Mi hermano y yo, aprendimos a cocinar muy jóvenes, solos.  Y así evito explicar por qué.

Los Jarros Volcánicos

Mamy y yo.Prueba material de los problemas de Mami con lo que hoy se le llama memoria de corto plazo, era la colección de jarritos de aluminio que se guardaba bajo el fregadero, que inexplicabemente se conservaban aun siendo ya completamente inservibles por tener el fondo cubierto con algo así como piedra volcánica. Esto que era el resultado de la coincidencia en tiempo y espacio de un intento de calentar el café en aquella demorada cocina eléctrica con alguna llamada telefónica. Hay que reconocer que Mami estaba consciente de su problema y en cuanto ponía a calentar el café levantaba la mano como quien pide la palabra en alguna asamblea y se movía con ella en alto por la casa, pero que va... ni así. En una ocasión mi esposa y yo entramos a la casa y la encontramos con una mano en alto y el teléfono en la otra y... ¿Cuca y esa mano? - ¡ay! el café.... otro jarrito para la colección. Pues volviendo al  tema de las ampliaciones, en una ocasión la bolsa de nylon con la cuota de carne fue víctima del mismo mal que padecieron los jarros volcánicos  y el aquel sueldo en el piano, solo que esta vez la carne iba en compañía de la libreta de abastecimiento.

Aquel refrigerador americano que nos acompañaba desde tiempos inmemoriales, además de evitar la putrefacción de los alimentos que en el se guardaban, era una fábrica de hielo en masas y la libreta no tardó en correr la suerte de Hybernatus. A los pocos días todos nos entregábamos a la búsqueda de aquella libreta de abastecimiento, registrábamos en los lugares "habituales" como el interior del piano, mis herramientas, el cesto de la ropa sucia, en fin... hasta que la dimos por perdida. Pensamos que quizá, el Pelí, mi sobrinito de cuatro años la había echado "a volar" desde el piso 17 del edificio FOCSA como ya había practicado con más de una cassette de música y otros valores.

La pérdida de una de esas libretas era una catástrofe familiar... no sólo por lo penoso de las gestiones de conseguir otra en la llamada OFICODA, sino que a la nueva se le retiraban las cuotas que pudieran haber sido otorgadas en la que se decía perdida. Ya el incidente comenzaba a pasar al olvido cuando me toca acometer el descongelamiento del refrigerador, esto se hacía sólo cuando ya las masas de hielo no dejaban cerrar puerta ni aun con aquel cierrre de caja de balas que algún inventor criollo le había adaptado y entonces con agua caliente, martillo, taladro y otras herramientas de fuerza, iba retirando los grandes témpanos adheridos a las paredes del congelador. De unos de esos témpanos asomaba una tirita rasgada de lo que fue una bolsita de nylon y ya cuando se fue derritiendo, asomó la carne, acontecimiento a celebrar en el acto, pero lo que si suscitó el asombro generalizado, fue la aparición de la vieja libreta que aun tiesa en caprichosa forma alabeada, iba de mano en mano de los presentes.

Las inundaciones:

(En verisón de mi hermana Silvia)

Cuca y Mabel en la PIscinaLa falta de agua en el Focsa, edificio donde vivíamos, hacía que pusieran el agua con mucho, tres veces al día por no más de una hora.

La llegada del agua, sobre todo a las 7pm, que estábamos todos en casa,  era anunciada como si fuera un grito de guerra unísono: ¡!Llegó el agua!!.  Era entonces el momento de hacerlo todo, bañarse, fregar, lavar,  cocinar, limpiar y por supuesto recoger agua.

Como éramos muchos en aquel momento: 2 matrimonios, 2 niños y mi Mamá,  aquello se convertía en un verdadero circo, bañar los niños, poner el arroz, fregar los platos, limpiar apenas,  un corre corre y un ir y venir desenfrenado.  En toda aquella locura y con nuestras cabezas distraídas se nos iba el agua y casi con regularidad se quedaba alguna llave abierta.   A la mañana siguiente el agua venía generalmente a las 6 am, cuando aún no nos habíamos levantado.  Aún es clara para mí la sensación de levantarme de la cama medio dormida y al sentarme en la cama que mis pies se sumergieran en una importante profundidad de agua.  Ahí venía el otro grito de guerra: ¡Inundación!

Ya teníamos los instrumentos necesarios: varias escobas, varios recogedores, trapos y toallas, a falta de colchas de trapear que escaseaban.  Éramos en realidad unos verdaderos especialistas,  la técnica se perfeccionaba cada vez más y ya logramos hacerlo a tiempo para llegar al trabajo y los niños a la escuela.  Nos abalanzábamos en un desenfreno de secado, mientras sonaba desesperado el teléfono y nadie quería contestarlo porque sabíamos que eran  las pobres hermanas Cuní, infelices vecinas del piso de abajo, que se inundaban cada vez que se nos quedaban abiertas las pilas a nosotros.

Esa rutina nunca tuvo remedio, pero sin embargo un día llegamos a la casa y Mamy nos anunció que el problema de las inundaciones había sido solucionado.  Preguntamos a coro ¿cómo?.  Fue entonces cuando nos mostró orgullosa que en la puerta trasera de la casa, lugar por donde bajaba el agua como catarata,  había construido un muro de 20 centímetros de altura,  para cuando se nos quedaran abiertas las pilas,  “las Cuni” no pudieran amenazarnos más con llamar a la policía, porque ellas quedarían protegidas por el muro y secas como las nalgas de un bebé.

Genio y Figura...

Pero esto se tomaba como cosa natural en la familia, ni siquiera existía animadversión hacia el que resultara responsable de este tipo de catástrofes. Si hubo gran disgusto cuando se supo que Mami, en su manía de ocultar la edad, llevaba años sin reclamar los quesitos crema que daban a los mayores de sesenta y cinco.

Los Arribos

Uno de los arribos más normalesMami no puede llegar a ningún lugar en que el cuento de ese arribo pueda resumirse en el telegráfico "llego bien" como sucede hasta con las celebridades por más que traten de destacarse. Era el otoño de 1996 y hacía cuatro años que no veía a mi Mamita. Gracias a una gestión de los Rossbach, familia Mexicana a la que sucesos de suma importancia nos habían unido, se había conseguido una visa para que Mami pudiera viajar a México. Era la primera vez que nos separábamos por tanto tiempo y había una gran expectación por el encuentro.

Una feliz casualidad hizo que tanto el vuelo que me traería con Mabel desde Miami como el que traería a Mami de Cuba tuvieran itinerarios que coincidían en el Aeropuerto Juárez del DF con diferencia de minutos. Pero eso de la casualidad es para el resto, para Mami no es más que lo cotidiano. Pues pensamos que era perfecto, llegaríamos unos minutos antes y esperaríamos a Mami allí mismo en la recogida de equipajes antes de pasar la aduana. A ese lugar se accedía por dos escaleras automáticas, pero aquel día una de ellas estaba, muy para lo que pensamos era nuestra conveniencia, cerrada. De manera que para capturar a Mami bastaba con posicionarnos al pie de la única escalera en operación. Pues resultó que la otra escalera no estuvo lo suficientemente cerrada para Mami, la que no reparando en aquel cartel que decía claramente "CERRADA, CLOSED, VERBOTEN, ЗАКРИТ..." ni tampoco en el detalle de que no estaba funcionando... escogió precisamente esa para bajar y mientras nosotros la esperábamos al pie de la otra, ella ya deambulaba erráticamente por todo aquel local.

Esa suerte que siempre la acompaña en momentos de crisis quiso que, de pura casualidad,  cuando ya había hasta logrado pasar la aduana obviando el insignificante detalle de recoger primero su equipaje, fuera avistada por Mabel dentro del millar de gente que en ese momento populaba la espera pasajeros.  A Mabel le llamó la atención un personaje, que con un sobretodo negro que le quedaba largo y unos zapatos de tacón alto con las puntas dobladas hacía arriba, algo así como la bruja Ágata de la Pequeña Lulú y sin el sombrero cónico, se movía itinerante por entre la multitud... ¿aquella no es Cuca? y claro, quien otra podía hacer su aparición de esa manera tan inimaginable. Los zapatos eran prestados y le quedaban grandes; aquella puntas miraban hacia arriba porque estando rellenas de algodón se le habían doblado al caminar. El sobretodo era totalmente inadecuado para la temperatura del lugar, nada que Mami hacía su aparición como disfrazada para Holloween.

No fue fácil explicarle al aduanero por que esa señora de estrafalario vestir tenía que pasar por la aduana en sentido contrario al resto, pero se logró. Cuando ya nos empatamos con el equipaje de Mami y tratamos de volver a pasar la aduana, esta vez en la dirección correcta, ya nos le habíamos hecho sospechosos a aquellos aduaneros y nos revisaron hasta la ropa interior.

Años después, en el Aeropuerto de Miami, quizá para no caer de nuevo en el ridículo del sobretodo, se quitó el chalequito con que su hija Silvia nos las enviaba envuelta para regalo. Debajo tenía una blusa transparentoza, concebida sólo para lucirse bajo la chaqueta,  Mami, la que a sus ochenta y tantos esperábamos apareciera en una silla de ruedas, como se suele hacerse con aquí con la veteranía, hacía su entrada en Miami, toda vaporosa y provocativa, moviéndose con toda ligereza por entre aquella multitud la que por comparación se nos hacía lenta y torpe.

Más tarde llamaba a Cuba para dar parte del arribo y de allá ¿llegó bien?, bueno de llegar llegó, pero... y la llamada fue de $50.

Para mi, un poquitico nada más...

A gozar!Ya tenía 90 años cuando nos visitó en Miami en el 2007, pudiera esperarse que, con esa edad, mi Mamita vegetara apaciblemente su estancia en mi casa, pero no ocurrió así. Aunque ya el Alzheimer había hecho su debut, no le había logrado quitar sus ganas de vivir, ni su movilidad corporal, sólo había afectado algo más su siempre escasa memoria de corto plazo. Esta situación que suele ser trágica, Mami lograba transformarlo en una comedia, su rica imaginación suplantaba de manera inolvidable aquello de lo que no se acordara.

Nos habíamos mudado de la casa donde nos había visitado anteriormente, por lo que nunca había estado en la casa en la que ahora vivíamos, quizá por eso el día de su arribo le parecía que estaba como de visita breve en esa casa y a cada rato se preparaba como para irse. Cuando le reiterábamos que pernoctaría allí, invariablemente nos preguntaba si ya le habíamos avisado a sus hermanas que se quedaría con nosotros.

Pasaban los días y todas las noches se repetía el aquello de avisar al mundo que se quedaría allí y en una ocasión se nos escabulló hacia su cuarto y comenzó a vaciar su closet sobre la cama organizándolo todo en dos grupos de cosas, aquello que era de ella y lo que ella entendía que era de mi esposa Mabel. Se trataba de que, "como la venían a buscar", ella estaba preparando la maleta y separando pertenencias. En aquel closet salvo alguna que otra cosa de frío o en desuso, todo era de ella, Mabel le divertía el imaginarse cabiendo en las tallas de mi Mamita.

Mami se la paso en perenne confusión de donde es que estaba, por ejemplo, cuando la sacábamos a pasear para que viera los edificios del "Down Town" de Miami, preguntaba si pasaríamos por el FOCSA. En esos días había desertado Carlos Otero, popular animador de distintos programas en la televisión cubana, y pasando canales de pronto apareció éste a plena pantalla en la TV de Miami, Mi Mamita lo ve y comenta, Ah, mira a Carlos... sin la menor sorpresa, cuando la expresión debió haber sido, que hace Carlos ahí?.

Al principio no sabíamos bien que podía comer o beber a sus 91 años, de manera que cuando la llevamos Al Seminole Hard-Rock Hotel and Casino y nos sentamos en aquel bar frente a la fuente que brinda un show de agua, luces y música, le pedimos una limonada, mientras que el resto de los presentes nos ordenamos Margaritas. Eso de que a su trago le quitaran el Tequila no le gustó nada. Para informarme con precisión de las limitaciones alimentarias que había supuesto, llamé a mi hermana en Cuba y me informó que Mami, no sólo comía de todo, sino que nunca se le negaba su coctelito cuando alguno se brindaba en alguna tertulia o reunión. Esto explicaba su disgusto.

A partir de ahí, siempre se le brindó su traguito suave cada vez que se daba la ocasión, pero un día, estando la familia reunida después de un almuerzo, me dispongo a servirme un Whisky a las rocas y le brindo bajito a los que me rodeaban; mi mamita, aunque algo alejada, logra captar la invitación y suelta el aquello de "Para mi, un poquitico nada más...". Todos estallamos de la risa.

De esto ya va a hacer 3 años, y todavía es casi obligada referencia cada vez que en nuestra casa se sirve un trago.